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15 agosto 2026

Aqua yin

No se oye nada. 

Nada.

El rumor de las hojas de nuestro árbol. 


Los pájaros. 


Si me muevo, el agua. 


Si no me muevo, a lo lejos, la autovía. 


Hace poco se han oido las campanas de las iglesias. 

Aquí hay dos. 

Tañiendo a destiempo. 

Con ritmo. 

alegría. 


Hoy media Castilla está interrumpiendo el silencio a la hora del vermút. 

Las dulzainas y los cohetes de esos de los pueblos que se lanzan con una tablilla acompañando alguna procesión y algún baile echado a la virgen. 


Yo hoy le bailo a esas molestias con las que he amanecido. 

La paletilla derecha. 

Y el glúteo derecho. 

Alguna otra cosa más también. 

Seguramente debido a mi sexto mes de embarazo. 

A las noches revueltas. 

Yo que sé. 


Hoy aprovecho mi momento de soltería, 

sin Miguel, ni Álvaro, ni Félix. 

Ni cosas de curro que sacar adelante. 

Hoy aprovecho que la meditación, duerme-vela de dos horas de la mañana

me deja disfrutar de esta quietud. 

De (ya) mi casa. 

De mis (siempre mías) molestias.

De este vacío. 

(no siempre pasa) 


Primero que hace mucho que no había espacio para el vacío. 

Después, que se vienen sucediendo tormentas. 

La separación, el duelo, los dramas, reales e inventados, 

los vecinos rompiendo mi silencio con sus vidas. 


Hoy solo sumerjo mi cuerpo en el agua calma, fría. 

Y observo-disuelvo mis tensiones. 

Hago movimientos lentos con mis brazos largos. 

Genero ondas que acarician mi cuerpo. 

Algunos remolinos se convierten en agujeros al llegar a la superficie. 


Después, paro. 

Bebé para también. 

Pienso que mucha de esta quietud es él. 

Ella. 

Todo el mundo quiere saber qué es. 

Es un ser humano. 

No hace falta saber más. 


Quién es el padre todos lo saben. 

No porque me pregunten a mi. 

Aquí hay cosas que no se preguntan. 

Solo se cuchichean. 


Bebé es esta misma belleza de la Castilla profunda. 

Donde nada pasa. 

El aire que anuncia tormenta, 

a ver sino de qué, 

abanicando las hojas de los pocos árboles. 


El amarillo de los campos segados metiendose en el ojo. 

La quietud. 

El silencio. 

Nada. 


Este bocadillo de jamón York y queso con pan de Ceballos que me acabo de zampar. 

La oportunidad de perder el tiempo

de puro tenerlo. 


Y pa qué más. 

21 enero 2020

Una historia con corazón

Hoy os voy a contar una historia que, creo, merece ser contada. Hay ciertas historias que nos ayudan a encontrarnos con nosotras mismas. Y son esas historias las que se cuentan generación tras generación. No se si esta es una de ellas, no obstante. Lo que sí se es que tiene corazón. Y por eso está aquí. En este acelerador de partículas que es mi blog. 

Esta es la historia común de un hombre común. Un amigo, un conocido de mi padre. Un hombre que seguramente no espera que alguien escriba su historia. Ni de lejos. Y aquí tenemos uno de los primeros rasgos que hacen de este hombre un hombre admirable. Es un hombre humilde. Un hombre que no se da ninguna importancia. Ninguna.

Regenta su propia empresa unipersonal. Desde hace años, me cuenta mi padre, recoge la basura de unas cuantas comunidades de vecinos de algunos barrios de Burgos. Las familias dejan la bolsa de basura en la puerta de la casa y él pasa todas las mañanas recogiéndolas a cambio de unos euros al mes. Algunas familias más dejan su basura en la puerta. Él cree que le ponen a prueba. Que la dejan ahí para ver si se equivoca. ‘Se piensan que soy tonto’ - dice. Él lleva años haciendo el mismo trabajo y no se equivoca. Y aquí tenemos uno de sus mantras. 'Se piensan que soy tonto'- es una de las frases que repite a menudo.

Mi padre le conoce porque un día le pidió ayuda. Le pidió si podía marcar los campos de fútbol. Él acudió a la cita y desde entonces es una mas de las tareas semanales a las que se entrega. Todos los viernes saca la pintura blanca y la máquina y paso lento a paso lento su cuerpo, fuerte, pesado empuja el carro. ‘Llueva, truene, haga frío o hiele, ahí está’ - cuenta mi padre.

Después le dan algo de dinero pero, por lo que entiendo, él no pide dinero en ningún momento. Segundo rasgo admirable de esta persona que se entrega a pintar los campos. No pide nada a cambio. Simplemente lo hace. Se entrega a ello. Se prepara los cuadrantes para saber dónde hay partidos el fin de semana y marcar los campos apropiados. Y se funde en la tarea. No le importa si le miran o no. Porque no se da ninguna importancia. Tampoco espera recompensa alguna. Solo le importa hacerlo bien. Como si importara.

O eso dice mi padre. Que le gusta que la gente esté contento con sus servicios. A veces acude a los entrenamientos 10 minutos antes de la hora y saca todo el material y lo deja preparado. Cuando llega mi padre le encuentra ya con el material listo. Tranquilo y con una sonrisa de satisfacción puesta.

‘Desde que le conocí le he pedido muchas cosas’, - dice mi padre- ‘y al 98% de ellas me ha respondido con un ‘sin problema’. Esto a mi padre le encanta, claro. ¿Y a quien no? Es admirable esa voluntad de querer hacer la vida fácil al otro. Y aquí tenemos otro de sus mantras: 'sin problema'.

Del último sitio se fue porque ‘se creían que era tonto’- dice mi padre imitándole. No recuerdo los detalles de la situación, pero el caso es que nuestro amigo lidia bastante con personas que ‘se creen que es tonto’.

Quizás es porque tiene una aspecto desaliñado. Tiene el pelo alborotado y tampoco presta mucha atención a su ropa. Además, no controla bien la saliva y a veces se le cae la baba. Debe ser por eso que la gente piensa que es tonto. Pero a mi me pareció un ser admirable, haciendo un manejo sublime de su energía, poniéndola al servicio de los demás sin pedir nada a cambio, con voluntad de ayudar pero sin dejarse aplastar, no de cualquier manera. Satisfecho consigo mismo. 

Le imagino cada noche yendo a dormir cansado, quizás exhausto pero satisfecho. Le imagino libre de pensamientos basura en la cabeza. Le imagino soñando mundos fantásticos en las noches. Y al día siguiente más. Y más de lo mismo. Repitiendo. Más de lo mismo. Y bien en lo esencial. Haciendo bien las cosas, como si importara. Y podría hacer cualquier cosa. Pero lo importante es el amor y la entrega con que lo hace. Y eso es lo único importante.

Lei el otro día que solo tienes lo que das. Y me parece que aquí tenemos una de esas personas millonarias. 

08 febrero 2015

Nuestro ensayo por Atenas

Isa llama

Que adelantan las elecciones griegas. Que si nos vamos a Grecia a contarlo. ¿Puedes? Dice.
Puedo. ¿Como lo llamamos? Digo.
ContarGrecia. Dice.

Personal, afectiva, híbrida, política, crónica, poesía sí, poesía no, vídeos molaría, transmedia, multimedia, distintos formatos, suena horrible, colectiva, híbrida, sí, híbrida. Nosotras pintamos los dibujos. Jaja. Decimos.

¿Qué os pasa con la poesía? Dice.
Hacemos lo que nos salga del coño. Digo.

Y eso hicimos. 

En ContarGrecia: una sección que abrimos en Diagonal


Y en la Marea.


05 diciembre 2012

Decir la verdad es revolucionario

Dibujo de Enrique Flores
Una buena tarde
una riada de personas,
entre ellas
muchas mujeres,
dan unas cuantas zancadas,
se pegan
otras pocas carcajadas,
y se plantan
en la plaza
a decir la verdad. 
Abren
la cremallera
de la mochila
y sacan
una tela
una manta
un queseyó. 
Una se arrampica
a la piedra
y le enfunda
la tela
la manta
el queseyó
a la estatua. 
Las personas
de la plaza,
entre ellas
muchas mujeres,
gritan que
No es un oso,
que es una Osa. 
Era el día
de la Mujer
y en época de mentiras
tocaba decir la verdad.
Que el oso y el madroño
Son la osa y el Madroño
Que la osa,
es la Osa Mayor.



06 julio 2012

La gaviota, el choco y Abel

- Mira, mira, mira la gaviota
¡que se ha cazao un choco!

Y el Abel que echa a correr a la orilla
para arrancar el choco del pico la gaviota.

Y al que le dicen 'el Paolo' pero se llama Germán, dice:
- ese choco está fresco.

Y la gaviota que se queda suspendida en el aire
aún en la orilla
mirando el choco que ya no se va a comer.

04 julio 2012

La magia existe

Esto era un sábado. Y estábamos en el patio de un colegio pasando la tarde. Yo y unas cuantas monitoras más con un grupo de jóvenes con discapacidad intelectual. Aunque sospecho que esa palabra, discapacidad, no sea más sea otra de las convenciones erróneas que asumimos sin pensar, sin conocer, nosotras, las personas capaces. 
Y bueno, ya habíamos terminado de merendar, ya nos habíamos saludado entre todas, cada una a su manera y nos fuimos a bailar. Porque esa tarde había organizada una verbena. Alrededor había mucha gente, muchas familias, niños que jugaban al fútbol y niñas que bailaban como locas. Y ahí estábamos nosotras, en mitad de ese jaleo, pasándolo bien. 
De pronto, Jesús no estaba a gusto ahí parado y quería caminar un rato por el patio. Como yo sé que es feliz así, escapista, me alejé del grupo para acompañarle. Jesús es un chico muy listo porque sólo pronuncia las palabras que le gustan. Ocasionalmente, si tú le dices una palabra, él la repite, pero por lo general él sólo dice verde, amarillo, globo y choca, para que le choques los cinco.  
En nuestro paseo por el patio Jesús intentó robar pelotas de aquí y allá, hasta que un hombre nos dejó la suya. A Jesús le encanta jugar a la pelota. Así que nos pusimos a jugar un rato. Él a dos metros de frente a mi, lanzaba la pelota altísima, que botaba en medio de los dos y llegaba a mis manos perfecta, sin que yo tuviera que moverme un ápice. En cambio, yo tuve que lanzarla unas 30 o 40 veces mal para poder devolvérsela en las mismas condiciones. Seguramente Jesús pensó que yo era un tanto incapaz, pero como no le gusta esa palabra, no me lo dijo. 
De pronto, tuvimos que devolver la pelota a su dueño, así que, retomando el paseo por entre la gente y dando la vuelta al patio, dimos con una pareja, un niño y una niña, que estaban jugando al baloncesto en una canasta sin canasta. 
Jugaban uno contra uno, tiraban a la esquinita del tablero y celebraban las canastas como si fueran de verdad. Tenía el niño el balón en las manos, cuando Jesús se le acercó con la boca bien abierta y los brazos extendidos hacia la pelota, como un robot. El niño me miró perplejo. 
- Sólo quiere dar un par de botes con la pelota. ¿Se la dejas un ratín? Luego te la devuelve- le dije. 
Y el niño, asintiendo, se la dejó. Mientras Jesús botaba la pelota, él le miraba atento, curioso, de un modo parecido al que mucha gente emplea para mirar a Jesús, incluída yo el primer día. Por suerte Jesús no se fija en quién le mira y menos en ese momento, tan contento como estaba botando la pelota. Un bote por cada veinte segundos, Jesús se mueve como si tuviera que pensar antes cada movimiento. Después de unos minutos, le devolví la pelota al niño. Y, antes de dar otro paseo, le dimos las gracias. 
Rodeamos nuevamente el patio, por si había alguna novedad, y volvimos al mismo sitio. Esta vez era la niña quien sostenía la pelota. Y otra vez que Jesús se acerca a ella, hacia la esfera mágica, las manos en alto, como un robot.  
- Por favor, ¿le puedes dejar la pelota otro ratito?- le pregunto a la niña. 
La niña me mira, asiente y le deja la pelota a Jesús, que la bota, que me mira, que mira a la canasta sin canasta, que me vuelve a mirar, la niña le sigue mirando y a mi, por turnos. Jesús bota la pelota de nuevo, mira la canasta, me vuelve a mirar con cara de pillo, vuelve a botar la pelota y tira a la canasta sin canasta. La pelota rebota en el tablero y vuelve a él. 
- ¡Menudo canastón! - dice la niña.
Y Jesús coge la pelota, se acerca a ella, le ofrece una palma abierta y le dice: 
- Cho    ca.
Y la niña, choca. 

23 enero 2012

Color + adjetivo

La quietud se activa y desaparece. Entra el movimiento, zigzagueando por entre las espirales de aire cálido, poseyendo la aleación. Accionándola. Dos varas revolotean dibujando círculos imperfectos. Chocando entre sí, entrelazan deseos ovillados. El sonido como de raspadura, de fricción aguda se expande por todo el cuarto. Los sables se afilan, chillan a la soledad. ¡Fuera! Los brazos reviven una vibración extinta y la contagian al resto del cuerpo a través del rebote de la sangre en las paredes cobrizas de las venas. Circuitos de vida. Chasquidos en los codos, los nudillos estrellados. Un destello de atardecer irrumpe por la ventana. Una mujer combate la artritis. Enérgicamente, teje. 
Loas que adivinen el color y el adjetivo de que se trata, se llevarán una fantástica piruleta con forma de corazón. ¿Por qué dejaría yo de regalarlas?

06 diciembre 2011

Anisakis

Claro que hay un momento que haya recordado durante años. Fue una cena en casa. Yo era pequeño.

Aquella noche, Carlos contó que ese día, al salir a la pizarra, le habían dado un tremendo tizazo en la frente. Estaba bastante molesto, decía que todos los niños se habían reído de él y que el profesor no había castigado al culpable. Se levantó el flequillo dándose importancia, como para probar lo que decía, y pude ver el huevito que le había salido. Le tuvo que doler, estoy seguro, pero yo, lejos de compadecerle, me reí a dos manos. Esas cosas ridículas solían pasarme a mí y solía ser él quien se reía de mi. Así que no desaproveché la oportunidad de cambiar de rol, por una vez. Cualquier otro día los cuatro nos habríamos reído de aquello. Pero esa noche mamá no se reía, no sonreía, ni siquiera nos miraba. Seguramente no había escuchado nada de lo que estábamos hablando. Se dedicaba a rellenar nuestros platos con tajadas de pescado y ensalada, como un robot, sin mirarnos, sin preguntarnos si queríamos más o no. Y el suyo, vacío.  Mamá esa noche estaba ausente.Papá no había llegado aún. Después de analizar la situación, Carlos me dirigió una de esas miradas de 'come y calla, enano', así que dejé de reír.  

La tele estaba encendida, pero no le prestábamos atención. Sólo rellenaba el silencio. Yo me preguntaba qué estaba pasando allí. Mire a Carlos con las cejas arqueadas, pero él sólo me devolvió un encogimiento de hombros. ¿Dónde estaba papá? , ¿por qué mamá no hacía más que mirar el teléfono? No entendía nada. 

Las llaves sonaron al otro lado de la puerta principal. Papá entró en la cocina. Olía a frío, lo recuerdo perfectamente. Nos miró a los tres, pero no dijo nada: ni saludó, ni nos dio un beso. Nada. Miró el pescado con desprecio y partió unas lonchas del jamón de la cesta de navidad. Cuando llenó el plato, lo posó en la mesa. Y, no le dio tiempo a sentarse a la mesa, cuando mamá ya había dado un manotazo al plato y el jamón volaba por los aires. Los ojos de papá se agrandaron como nunca había visto. Nos mando salir y cerró la puerta.

Bien juntos mi hermano y yo, en el pasillo, oíamos la conversación en clave de ira de mis padres. Mamá le gritaba que estaba harta, que qué horas eran esas de llegar a casa. Le preguntaba para qué tenía el móvil. Papá le boceaba que no llegaba antes con tal de no discutir y que el mero hecho de escuchar su voz le irritaba, que por eso no llamaba. Y que estaba harto. Algo parecido a eso es lo único que pudimos escuchar, el volumen de la tele estaba altísimo. Después, no escuchamos nada. Era la primera vez que nuestros padres discutían. No sabíamos qué estaba pasando ahí dentro, ni lo que se suponía que teníamos que hacer. Nos abrazamos fuerte. Papá salió de la cocina. Mamá, de pie, apoyada en el frigorífico, lloraba con la cabeza gacha. 

- Tranquilos chicos - dijo papá mientras nos conducía a nuestra habitación- Todo irá bien, tranquilos. Ahora dormid, yo tengo que hablar con mamá.

Nos besó en la frente y cerró la puerta, encaminándose a la cocina, de nuevo.

Mi hermano y yo nos acostamos en la misma cama. Estábamos tiritando, llorábamos mejilla con mejilla, sudábamos, nos abrazábamos y respirábamos a cuentagotas, para escuchar lo que decían. Pero, ahora que la conversación se había relajado, no oíamos nada más que la maldita televisión. Nuestra respiración fue ralentizándose a medida que pasaba el tiempo y, cuando mi hermano se durmió, supe que todo iría bien, que podía dormir tranquilo. A la mañana siguiente, papá ya se había ido.

A las pocas semanas, mis padres se separaron. Y yo pasé muchos años pensando que ojalá mamá no hubiera preparado pescado esa noche. Sólo tenía ocho años.

22 noviembre 2011

Cristobal

Los antes suaves reposabrazos del butacón ahora parecían hechos de esparto, tan ásperos se habían vuelto. En algunas partes, la tela tenía arañazos. Y el color del tapizado, se había desaturado de tantas horas pasadas al calor y la luz del sol que entraba por la ventana a la que se arrimaba.

El viejo Cristobal, sin embargo, pasaba las tardes desparramado en él, unas veces leyendo el periódico, otras, contemplando el paisaje sin ambición.  Aquella tarde, miraba cómo las hojas amarillentas de aquellos plátanos centenarios hacían regates a las corrientes de aire antes de caer al suelo. Después, seguirían su camino siguiendo el curso agonizante del regato que, cada día menos caudaloso, se arrastraba por el fondo de piedras como pidiendo perdón. Quedó hipnotizado por el movimiento de aquellas aguas, pero al poco rato tuvo que apartar la mirada. Los recuerdos de cuando el viejo era niño y jugaba con sus amigos a hacer la rana en las aguas, otrora abundantes, se empañaba. Y ya bastante tenía con el ánimo otoñal, como para empezar a remover recuerdos, pensó el viejo que, aprovechando el impulso de un suspiro profundo, se levantó de la butaca en dirección a la cocina.

- ¿Cómo está la dalia más bonita de mi jardín? - dijo el viejo abrazando a su mujer por detrás.

Antonia, sin dejar de fregar los cacharros, entornó levemente la cabeza hacia atrás para recibir el beso que el viejo le daría. Al movimiento de los brazos de la vieja, afanada en su tarea, se unía el de sus caderas y, a estas, el del cuerpo enjuto del viejo, que, pegado a ella y hundiendo la cabeza en su cuello, se meneaba como un peso muerto zarandeado por una locomotora. Le encantaba ese masaje cacharrero, así lo bautizó Cristobal un día de inspiración, por eso adoptaba esa postura cada vez que podía; hasta que ella, que no disfrutaba tanto de aquello, le espantaba.

- Ay Cristobal, que así no hay manera de que una haga nada. Echa pa llá, anda…

Y el viejo, obediente, se despegaba, esta vez encaminándose a la alacena. 

- ¿Una copita de vino, flor de loto?

Ella negó con la cabeza. Él sacó una sola copa, cerro el armario y se sirvió el culín de Ribera que quedaba en la botella. Luego, si acaso, abriría otra. Le dio un sorbo y deambuló por la cocina arrastrando las babuchas.

El sonido de la tela rozando con las baldosas irritó un tanto a la vieja, que le dijo que qué hacía, que si estaba de romería. 

El viejo captó la indirecta y, sin saber muy bien qué hacer, se sentó en una de las sillas de mimbre. Posó la copa en la mesa. Sacudió, dobló y guardó las servilletas de tela en el cajón; recogió las miguitas de pan, empujándolas con el canto de una mano para atraparlas con la otra. Se levantó y apartó torpemente a su mujer con la cadera, para poder tirarlas en la papelera. Volvió a buscar su copa, que recibió con un sorbo alegre.

Hacía ahora tres meses que se habían trasladado a la casa del pueblo. Los días de hastío enfrascado con facturas, tablas de excel y cuentas absurdas, los nervios de fin de año y los madrugones habían terminado para él. Lo cierto era que Cristobal había recibido la jubilación en aquella gestoría como un salvavidas. El cariño que los dueños le tenían, unida a la pereza de buscar a un sustituto, la escasez de tiempo para hacerlo y el tiempo que le llevó al reemplazo aprender el oficio cuando lo encontraron, obligaron a Cristobal a trabajar hasta los 73 años. Un día más y habría matado a alguien, solía decir. 

Después de un tercer sorbo, la copa dio a su fin. Sin duda, este culín me ha cundido poco, pensó el viejo, que tuvo que abrir otra botella. Esta vez, llenó la copa hasta arriba y volvió a la butaca.

Miró a través de la ventana. Dos niños aprendían a bailar la peonza a lo lejos. Apretaban la lengua entre los labios y enroscaban la cuerda en las hendiduras de la madera hasta que se acababa. Entonces, disponían cuidadosamente los dedos alrededor del cabo, para después, tirar de él sin mesura, sin tacto, haciendo que la peonza rebotara bruscamente contra el suelo cada vez.

- ¡Jesús! ¡Cualquiera diría que están lanzando un menhir! - exclamó el viejo la quinta vez que contempló la misma escena.- ¡No hay que lanzarla tan fuerte!

Los niños nunca le habían caído bien. Ese tener que estar todo el día explicándolo todo, ese tener que estar encima, cuidado, no hagas eso, no metas los dedos ahí, llevarlos y traerlos de aquí para allá, reír de cosas que no tienen gracia y sobre todo, eso de tener que jugar a lo que fuera… le hacía sentir como estrangulado. Cuando, en las cenas familiares o con amigos, había niños presentes, Cristobal se cubría el cuello con las manos (aunque no se daba cuenta) y, disimuladamente, se ponía en la otra punta de la sala. Evitando todo contacto visual y rehuyendo las preguntas ocasionales que pudieran hacerle, había librado sendas batallas con esos enanos piscagas, así solía llamarles, que tanto le alteraban.

La copa volvía a estar vacía. Se dirigió a la cocina a rellenarla. Antonia, sentada en la mesa, ojeaba un libro de recetas. 

- ¿Con qué me vas a sorprender en la cena, tulipancito?- preguntó el viejo mientras cogía la botella.
- Pues todavía no lo sé, estoy mirando este libro de cocina afrodisíaca… 
- ¡Ah! ¿Desde cuando te da por la cocina africana?- preguntó el viejo descorchándola.
La vieja levantó la mirada de aquellas páginas y se dejó escapar una risa pícara. Blop - el corcho había salido.
- ¿Pero qué dices, Cristobal, majo? Afrodisíaca es la comida que estimula el apetito sesual - le explicó ella, que nunca había aprendido a pronunciar la x como correspondía.
- Ah… - el viejo se había puesto colorado - vaya. ¿Y en qué consisten esos platos?
- Pues mira, estoy dudando entre preparar el arroz a la llama del amor o una ensalada provocativa al gruyere. 
- Mmmm… que bien suena eso….
- Sí, mira que pinta tienen - dijo la vieja acercando el libro abierto a su marido.
- Me apetece más la ensalada provocativa. - confesó.
- ¿Si? pues eso haré. A ver si así me das una alegría.
- Pero mujer, si quieres un buen meneo no hace falta que te molestes tanto, que me tomo una viagra y listo.
- No, deja deja, que la viagra esa es demasiado. Me acuerdo que la última vez parecías un potrillo desbocado. ¡Ay Cristobal, que no te cansabas nunca! 
- Yo nunca tengo bastante de tí, querida- dijo con una voz grave que pretendía ser seductora. 
- Si serás fanfarrón…- dijo la vieja riéndose. 

Cristobal dejó la botella en su sitio.

- Bueno, saldré a comprar un par de cosas que hacen falta para la ensalada- dijo la vieja encaminándose a la puerta principal.

Él la siguió, le abrió aquella vieja puerta descuadrada con dificultad, se dieron un beso cómplice y ella le dijo que volvería en cinco minutos, que no se impacientara; él cerró la puerta, arrastrándola nuevamente, y volvió a la butaca con la copa de vino. 

La gata blanca que habían recogido de la calle se paseaba por el salón sin rumbo aparente. El viejo contemplaba su elegancia, ese vaivén de omoplatos que lucía orgullosa, la cabeza y la cola bien erguidas. Cuando se acercó a la butaca, echó mano de ella por la panza y la colocó en su regazo. La acarició pensando en el jugueteo que le esperaba aquella noche. Palpaba uno a uno todos los huesitos de su columna y pensaba en lo mucho que le gustaba que su mujer fuera todavía tan jovial. Repartía el pelo hacia un lado y, luego, hacia el otro y se alegraba de que todavía hoy le sorprendiera. 

- ¡Comida afrosidiaca! ¡qué tía! me ha dejado planchado… - pensaba. 

Pasaba la palma de la mano por los pequeñísimos pezones rosados del animal y corroboró por enésima vez esa creencia suya de que tener niños no habría sino roto todo ese equilibrio mágico que tenían ellos dos. 

Antonia volvió, la puerta se arrastró ruidosamente contra el suelo al abrirla, la gata se revolvió en el regazo, dio un salto ágil y, antes de aterrizar, rozó con la cola la copa que Cristobal había posado en la mesita, lo suficientemente fuerte para que ésta cayera al suelo rompiéndose en tres pedazos, derramando todo el vino que contenía.

- ¡Si serás puta! - exclamó dando un respingo.
- ¡¿Cómo dices?! - respondió la vieja cerrando la puerta de golpe. 
- No, no es a tí, querida. Ha sido Coliflor. - dijo señalando el cerco granate que se había formado en el suelo - ¿Ves? Te dije que lo de la gata no había sido buena idea.

06 noviembre 2011

El minuto 18

La jugadora número 11 miró el marcador.
Apoyó los codos en los muslos,
bajó la cabeza
y resopló.
- ¡Perdemos 16 - 48 y aún nos queda otra mitad!
farfulló. 
La número 9,
que la escuchó,
levantó la mirada
y le advirtió:
- ¿Pero qué dices, empanada?
Lo que estás mirando
es el reloj.

Y la número 11 pues...
¡se animó!

14 octubre 2011

Obús y Butrón, el binomio fantástico

El señor Obús iba un buen día caminando por la calle. Nada especial, salió a comprar el pan donde todos los días, a una tienda de barrio a cincuenta metros de su casa. Estando tan cerca la tienda, no solía cambiarse las zapatillas de casa, como aquel día. Total, ¿para qué?

Cuando iba a doblar la esquina se topó con el señor Butrón, un viejo amigo a quien había dado clases hacía años. ¡Menuda sorpresa se llevaron! El calambrazo de la impresión les dejó pasmados, mirándose fijamente a los ojos, durante un instante. Sin poder reaccionar. Cuando por fín se reconocieron, se abrazaron una y otra vez, pellizcándose las pieles ya flácidas del bajobiceps y golpeándose la espalda por detrás. (Al día siguiente, el señor Obús, más entrado en años, tendría moretones)

Sólo instantes después fueron capaces de relajar las sonrisas, para intercambiar algunas palabras. Torpes al principio, sinceras después.

- ¡Cuanto tiempo!
- ¡Y tanto!
- Deben ser... lo menos... lo menos... tres o cuatro años.
- Lo menos...
- Y bueno y que... ¿qué tal? -preguntó el señor Obús, emocionado- Cuéntame, hombre...
- ... - el señor Butrón seguía pasmado.

Todavía sonreía ampliamente, pero en el brillo momentáneo de sus ojos, el señor Obús, encontró un poso de pesadez, de rutina. Decidió empezar bien, entonces:

- Dejamé que te vea... Estás estupendo. Cómo se nota que te cuidas... Da gusto ver que hay cosas que no cambian.
- Bueno... si que intento cuidarme si... pero bueno, ya no soy el que era.
- Yo te veo bien, chico, no sé...
- Si, si estoy bien. Lo único es que, tu sabés, ya no es lo que era.
- Psssssclaro, menuda obviedad. Nunca es lo que fue, esa es la gracia de la vida...
- Entiéndeme, hombre, tu ya sabes de qué hablo, esto de haber pasado a la segunda plana... no sé, no es tan divertido, ni tan emocionante... Siempre estos días de otoño me hacen acordarme de aquellos días de gloria. Las entrevistas para la tele, verme en todos los periódicos cada día, estar en boca de vecinos, joyeros, restaurantes y ladronzuelos. Tú date cuenta, ¡que fui la estrella de la delincuencia de medio pelo!
- Si, ¿¡cómo olvidarlo¡? Todos hablaban de Butrón, la técnica infalible. Un poco aparatoso, quizás, pero tuviste a la policía dislocada una buena temporada. Anda que no me divertía yo leyendo la prensa esos días. Bueno, aún hoy me divierto cada vez que te veo. De aquellas lo comentábamos en clase, ¿te acuerdas?
- Y siempre nos decías que todo aquello era efímero, que todo tenía su fin. En mi caso aún no ha llegado ese momento, pero un buen día empecé a perder popularidad, empezaron a encarcelar a los ladrones y todo fue cayendo. Pasé de ocupar las portadas a llenar dos columnas miserables. Fue tan rápido... me dejó tan poco margen.... no sé, supongo que nunca interioricé tus palabras.
- Hombre, no te fustigues. Siendo como eres, Butrón, lo tienes complicado para interiorizar las cosas. Es tu condición de agujero.
- Vaya, tienes razón.
- Claro, pero bueno, mientras termina de apagarse tu llama, puedes ir buscando nuevos senderos. Ya verás - le decía el señor Obús, siempre optimista-, seguro que te puedes reciclar en otra cosa. Mírame a mí. Cuando terminó la guerra civil, mi actividad fue disminuyendo paulatinamente. Pero antes de tocar fondo, tomé otro camino. De mis tiempos de destino en Burgos, supe de unos pasteles de crema riquísimos y pesados como el demonio, todo sea dicho, que se llamaban obuses. Así que, terminada la contienda, no lo dude un momento. Me fui para allá derecho.
- Nunca me lo habías contado. Menudo cambio ¿no?
- Bueno, imaginaté, los primeros días aquello fue un sinvivir. Esas bocas ácidas, llenas de dientes y con esa lengua viscosa... al principio me resultaba repugnante. Pero, fijaté, luego me acostumbré. Al fin y al cabo, la vida es más amable en una vitrina que en el frente.
- Claro, eso sí...
- Pues eso, no hay que decaer, tienes que buscarte otra ocupación.
- Ya veo, pero no se me ocurre cuál.
- Pues eso es en lo que tienes que pensar.
- Ya... si quieres te invito a comer el sábado y me echas una mano. ¿Qué me dices?
- Pues ¿qué te voy a decir? que me parece una idea fantástica. Eso si, te advierto que con tanto azúcar y tanta crema pastelera como manejo, estoy a régimen, por el colesterol y eso.
- Eso no es problema, cocinaré algo ligerito. Hasta el sábado, entonces.
- Perfecto. Hasta entonces.

El señor Obús y el señor Butrón se dieron un apretón de manos enérgico, se abrazon y prosiguieron su camino con la tranquilidad de saber que se volverían a ver a los pocos días. En el universo de las palabras, siempre era una alivio encontrar un viejo amigo con quien charlar.

06 octubre 2011

Costumbrismo

Los almendros este año están a rebosar, asi que tuvimos que emplearnos a fondo para recoger todo aquel fruto. A media mañana partimos hacia el Molino, así quedaron en llamar aquella tierra. Las tres, equipadas más mal que bien, pues sólo llevamos algunas cajas vacías y un par de ramas largas combadas, nos montamos en el coche cargadas de energía.
Al llegar allí, nos ibamos subiendo a los árboles por turnos. Una, desde arriba, vareaba, y las otras, desde abajo, recogíamos los cucos. Aunque se fueran al quinto lilaila, la consigna era no dejar ni uno allí tirado. ¡Ni uno!
Primero me tocó subir a mí, por ser la joven del grupo. Apenas estuve cinco minutos arriba, eché de menos una manga larga y unos guantes, pues las manos, de manejar el palo, me dolían, y los brazos, de agarrarme al tronco, se llenaron de arañazos. Debe ser que tengo la piel más fina, por ser de otra generación, porque ellas no se lamentaron en ningún momento.
- Por razones o por cojones, me dijeron, es el lema de las Palacín. Así que nada... me hice la dura, con tal de hacerle honor al apellido.
Después, se subió la Tía Lirio, que enseñándome lo fácil que era subir, ¿ves? pones un pie aquí y luego otro aquí, se subió ella.
- ¡Manda huevos! que con diez me temblaba todo y ahora con cincuentaytantos miramé aquí, subida al árbol, decía orgullosa.
En aquel momento se pensó la reina de los mares, o al menos esa fue la canción que entonó, sonriendo y balanceando las caderas a un lado y al otro, siempre desde las alturas.
Así estábamos, moviéndonos entre los almendros y comentando al tiempo los pormenores de la tarea. Hablábamos de lo díficil que era manejar ese palo reseco (que acabó partiéndose), del mareo que suponía agacharse a por cada uno de los almendrucos, ¡ay tantos que me está entrando hasta ansia!, de que antes ponían una lona en el suelo, pero que era peor el remedio que la enfermedad; me contaban algún trocito de su historia, del burro, de lo contentas que se ponían de pequeñas cuando los almendros se helaban; nos quejamos del calor que hacía y de las sudadas que nos pegábamos al trepar; pero, también apreciamos lo bonitos que eran los frutos de aquellos árboles, morados y verdes, y lo bien que se distinguían de la tierra seca.
De cuando en cuando, alguna encendía un cigarrillo.
- ¿Quieres un poco de cigarro chupao, hija?, me decía la Tía Lirio. Y yo, diciendo que me gustaban más con sustancia, lo cogía.
- Pues el caso es que tampoco hace falta darles muy fuerte, con tocarles un poquito ya caen. Pero claro, ¡hay que darles!, pensaba mi Momi en alto. Y yo, dándole la razón, dije que nos teníamos que echar un mango extensible, para poder darles. Pero eso ya sería por la tarde.El Molino está pegadito a la autovía así que no fueron pocos los camiones que, adivinando las siluetas de tres buenas mozas como nosotras en la planicie, nos pitaban saludándonos a su paso por nuestro lado. Nosotras, inmersas en nuestra tarea, hacíamos oídos sordos. Menos una vez: ya mi Momi estaba subida al árbol y la tía Lirio y yo, abajo, cuando uno de aquellos camiones nos regaló una estela de claxon grave y vibrante.
- ¡Hasta luego, majoooo!, dijo la una.
- ¡Que te la pique un grajoooo!, respondió la otra.
Y a mi una carcajada se me arrancó desde lo más profundo de las entrañas (¿de dónde saldrán las carcajadas?) inutilizando mi voz y mi hacer durante unos minutos.
- ¿De que te ríes simplón?, me dijo la una.
- Anda, pues deja que se ría la chiquilla. ¿No ves lo bien que se lo pasa ella sola?, respondió la otra.
Ni contesté. Explicar de qué me reía me pareció lo siguiente a obvio y, por otra parte, no pensaba que me estuviese riendo sóla, más bien lo contrario. Además, había un riesgo alto de atragantamiento.
Aprovechando la pausa-risa, decidí que iba a picar unos pocos almendrucos, que así, verdecitos, son un vicio que no se puede aguantar. Encima, estaba un poco cansada y necesitaba reponer energía.
- Pero no te pongas ahora a cascar, ya picarás en casa anda, me dijo la una mientras yo buscaba dos piedras.
- Pues deja a la chiquilla que se la casque. Pues anda, que si no te puedes comer unos pocos después de venir..., respondió la otra cuando yo ya me disponía a destripar a mi primera victima.
Repartí unos pocos, dos para mí uno para ellas, y seguimos con la faena un poquito más, tampoco mucho.
La tia Lirio se rozó en el ojo con una rama y veía todo nublado. Dijo sin inmutarse que seguramente se habría hecho herida, que ya le había pasado otra vez, que tendría que ir a ponerse una pomada. Pero, de momento, viendo que ella no se alteraba, lo tomamos con guasa. Encima de que habíamos ido mal preparadas, ¡ahora perdíamos un ojo! Recogimos las dos cajas llenas y volvimos a casa con el recao.
Dispusimos las cajas en medio de tres sillas y empezamos a pelarles, a quitarles la cáscara verdemorada.
- Hay que ver la de cortapichas que salen, hija, ¡hay más que mierda en Francia!, comentó la tía Lirio. ¡Ay!¿Y por qué diremos eso? Pues no tengo ni idea, estas cosas de las expresiones..., hablaba consigo misma en alto.
- A ver, calla un poco y echa la cabeza para atrás, que te eche suero en ese ojo, dijo mi Momi.
La tia obedeció sin requistar. Las gotas empezaron a caer en el ojo: una, dos, tres,cuatro...
- ¡Paraaaaaa que ya no me caben más!, decía la tía Lirio.
- Callaaaaa, que es para que limpie bien, respondio mi Momi sin dejar de echar.
La tía no pudo aguantar la presión y se tuvo que incorporar.
- Ven, que te ponga en el otro, insistió mi Momi.
- No, el otro lo tengo bien, no hace falta.
- Ven, que sí, ya que estamos...
- Que no hace falta.
- ¡Que si! ¡Venga!
Y la Tía, resignada, echaba la cabeza para atrás, otra vez.
- Joder, que tía, cada vez que abre una botellita de esas, me pone gotas cada dos horas. ¡Hasta que no se la termina no para!, decía la Tía entre risas con las mejillas encharcadas del líquido.
Mientras decía eso, mi Momi aprovechaba a ponerse ella suero en los ojos, pingando la botellita cosafina, no sin cierta ansia.
- Ahhhh que gusto, ay que ver cómo se limpian los ojos, decía Momi.
- ¿Ves?, ¿ves?, me decía la tia Lirio meneando la cabeza arriba y abajo, como buscando aprobación.
- Ven, hija, ¿tu no quieres unas gotitas?, me dijo mi Momi.
- Vengaaa, ponme cuarto y mitad, acepté.
Y seguimos con la tarea. La mar de bien, oye.